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Bobby Fischer, el extraordinario campeón americano de ajedrez, desapareció de la escena pública en 1975 cuando debía defender su título mundial frente a Anatoli Kárpov. Después de convertirse en uno de los jugadores de ajedrez más prodigiosos de la historia, simplemente desapareció durante diecisiete años. Algo similar sucede con el ingeniero José Ignacio López de Arriortúa, ausente de la escena pública desde 1998 en que sufrió un accidente que le dejó graves secuelas. Desde entonces poco se ha sabido de él.

Lopez de Arriortua – Foto: http://www.deia.com

Llevaba tiempo leyendo todo lo que caía en mis manos sobre el directivo vasco, un verdadero revolucionario que cimentó los pilares actuales de la industria automovilística. Si me he decidido a escribir sobre él se debe sobretodo a que Expansión publica hoy un especial sobre su figura en la sección “Qué hace ahora…”, dedicado a directivos que han pasado a un segundo plano, tras exitosas carreras en grandes multinacionales.

Sus detractores le pusieron con algo de sorna el mote de Superlópez. Y es que las directrices que imponía este ejecutivo en las empresas que lo contrataron eran durísimas. Exigente al 110% con los empleados, siempre basó sus métodos directivos en aumentar la presión sobre los trabajadores hasta términos insoportables. Idea suya fue la de cronometrar a los operarios para obtener el máximo rendimiento y así evitar que “se durmiesen y relajasen”. Como es de comprender, esas técnicas de control no gustaron mucho a los trabajadores que no tardaron en ponerse en huelga de brazos caídos. Pero su relación con sus subordinados, como todo en su vida, está llena de matices. Todo el que se interese por su trayectoria comprobará que para él no hay blancos ni negros, si no una escala infinita de grises. Esos operarios que no soportaban sus altos niveles de exigencia eran los que luego le defendían a capa y espada debido a la elevación de la productividad y al respeto con el que los trataba.

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López de Arriortúa ha sido siempre una persona muy apegada a su tierra. Da la sensación de que ascendía meteóricamente muy a su pesar, como si no tuviese ningún interés en vivir en Detroit o en Wolfsburg. Su carrera en el sector automovilístico se inició en General Motors, en concreto en la plantade Figueruelas, en donde se responsabilizó de la Dirección de Organización Industrial. Muy pronto los directivos observaron que sus cualidades daban para mucho más y comenzó a destacar como uno de los mandos con mayor proyección profesional.

Lopez de Arriortúa impartiendo una conferencia – Foto: http://www.expansion.com

La gloria le llegó en 1992, cuando fue promovido a la Vicepresidencia Mundial de Compras de General Motors. De ese modo, él sería el responsable de negociar con todos los proveedores del gigante americano. Suspendió todos los acuerdos y renegoció las nuevas condiciones. Ahora que los grandes de la distribución comercial como Carrefour o Mercadona han convertido en arte las relaciones con los suministradores basadas en apretar al máximo incluso aunque el proveedor pierda dinero no parece llamativo, pero hace veinte años las industrias auxiliares se pusieron a temblar al ver que el español llegaba a Detroit armado con una gran tijera que debería ahorrarle todo el dinero que pudiese a la multinacional americana. Y el ejecutivo bilbaíno decidió centrarse en el eslabón más débil de la cadena: el de los suministradores que tenían una posición cómoda y sólida. Lo que Superlópez pensó fue que empresas cuyo único cliente era la General Motors bien podían reducir sus márgenes para que los costes del fabricante se redujesen.

Pero no sólo eso. También consiguió poner orden en su propia casa, como ya había hecho tanto en la filial española como en la europea. Cuando López de Arriortúa llegó a Detroit, la corporación era un desastre en el que nadie se atrevía a meter mano. Gracias al tesón del español, los resultados positivos se vieron muy pronto.

Dado su amor al País Vasco, ideó un nuevo sistema de producción destinado a implantarse en una moderna fábrica que se localizaría en Amorebieta. Fundamentado en la delegación de tareas a los proveedores para reducir costes, inversiones y plantillas, Arriortúa pretendía llevar al extremo el sistema japonés “just in time”. Para ello se embarcó personalmente en un proyecto que contaba con el apoyo de Xabier Arzalluz y del Gobierno Vasco, así como de varios bancos y cajas de ahorros de la zona. Pese a las promesas iniciales de la cúpula de General Motors, al final se decidió establecer dicha planta en Europa del Este. Como Superlópez por aquel entonces había sido tentado por Ferdinand Piëch, a la sazón presidente de Volkswagen, el carácter temperamental del vasco le llevó a tomarse como una afrenta personal la decisión de General Motors, con lo que aceptó de inmediato la oferta de trabajo del alemán.

José Ignacio López de Arriortúa – Foto: http://www.elmundo.es

Al marcharse López de Arriortúa, parte de su equipo en General Motors también optó por pasarse al enemigo. El daño era grande y los americanos no se iban a quedar cruzados de brazos. Ante la deslealtad su empresa de toda la vida ordenó registrar su despacho en Detroit, percatándose de que faltaban varios documentos importantes de carácter confidencial. Automáticamente los americanos pensaron que el vasco se iba a llevar secretos industriales a Volkswagen y decidieron denunciarle por espionaje.

Pese a que su gestión en Volkswagen también fue muy exitosa, la sombra de la sospecha comenzó a cernirse sobre él. Tras un proceso extrajudicial cerrado en falso gracias a la indemnización que Volkswagen se comprometió a pagar a General Motors, los americanos decidieron que López de Arriortúa respondiese personalmente por sus supuestas fechorías. Cuando el juez estadounidense comprobó que había indicios racionales de delito, solicitó la extradición de Superlópez. Sin embargo, un grave accidente automovilístico sufrido en 1998 le retiró del huracán mediático en el que se encontraba inmerso. Para librarse de sus problemas, su familia llegó incluso a alegar que sufría amnesia. El caso es que ese toque de atención le debió ayudar a recapacitar, optando por regresar a la tierra que más quería para vivir en ella la tranquila vida familiar de un pequeño pueblo, alejado del estrés de un alto ejecutivo de una multinacional. Seguro que ha ganado en calidad de vida.

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