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En esta segunda parte me centraré más en las repercusiones sobre la libertad de prensa que ha provocado Jordi Évole y su reportaje de ficción sobre el 23-F.

Orson-Welles-en-la-radio

Orson-Welles-en-la-radio – Foto: http://www.mundoesotericoparanormal.com/

En la primera parte de este artículo me quedé reflexionando sobre una frase de Orwell en la que decía que publicar todo lo que alguien quiere que se publique no es periodismo sino relaciones públicas. Hoy me centraré más en los medios de comunicaciones españoles.

Los grandes medios que dominan el oligopolio de la prensa española tienen también por costumbre ser muy tolerantes con el poder en general. Como si creyesen que algo se les va a pegar, disfrutan acariciándole el lomo a los que de verdad mandan. En un país en el que hasta no hace muchas décadas se pasaba hambre, se ha quedado grabado en el subconsciente colectivo —como en las peores épocas del Siglo de Oro— la adulación a los mandamases, como verdaderos amos que dan y quitan la vida. Por eso hay ciertos temas tabúes, de esos que afectan a los que mandan, que nunca se tocan por ser incómodos o embarazosos. Con la intención de aparentar una cierta independencia informativa, solo se permiten las críticas a un gobernante (o gran empresario) de un modo edulcorado, de trazo corto, pensadas para tapar lo realmente importante, lo que no quieren que sepamos.

El caso de Pedro J. Ramírez es paradigmático. Con sus continuos ataques al gobierno, a los partidos políticos, a los sindicatos, a los jueces, a la banca,… se había convertido en una verdadera china dentro del zapato. Lo primero que hicieron para tratar de anularle, según se comenta en distintos mentideros, fue encargar a una serie de empresarios (de esos tan patriotas que siempre están deseando lo mejor para España) que se hiciesen con el control de su periódico. Aunque parece ser que no disponían de suficiente dinero para adquirirlo (o mejor dicho: no querían gastarse más de la cuenta, por mucho que tuviesen que contentar a los mandamases). Entonces ejecutaron el plan B: se vetó desde la Administración al periódico de Pedro J., con lo que dejó de llegar la publicidad institucional. La intención era evidente: ahogar la tesorería del periódico. En tiempos de crisis muchos medios de comunicación sobreviven gracias al dinero que reparten las instituciones (instituciones pagadas por todos, pero al servicio de unos pocos). El efecto fue inmediato: en tan solo unos días, se había destituido al director del periódico.

Lo de Jordi Évole es parecido. Se suponía que era el periodista al que nadie conseguía callar, que siempre tomaba partido por los más desfavorecidos, por las causas perdidas, por la gente de la calle. Jordi Évole era el último recurso de los desesperados, de aquellos que pensaban que ese descarado con pinta de progre despistado podría arreglarles sus problemas. El “Follonero” había conseguido con su imagen amable, con su desparpajo, erigirse en una especie de paladín de los desamparados, un Zorro del siglo XXI, un Robin Hood, el azote de los poderosos, siempre dispuesto a desenmascarar a las trapaceras corporaciones millonarias que tratan de aprovecharse injustamente de los más pobres.

En el momento de mayor prestigio profesional, cuando había conseguido el respeto de una gran parte de la sociedad, va y se le ocurre engañar a la audiencia inventándose un reportaje de ficción, que es lo más opuesto a lo que debe ser el periodismo. Su supuesta broma consistió en fabricar una “verdad” alternativa mucho más bonita y efectista que la realidad. Cuando un periodista renuncia a la verdad y prefiere inventársela, está mandando por el sumidero toda su credibilidad e integridad profesional. Por mucho que se esgrima el precedente de Orson Welles y su Guerra de los mundos, no tiene nada que ver ya que el cineasta americano no estaba haciendo periodismo sino ficción. Además, tampoco pretendía confundir a la opinión pública. Welles y su compañía dramatizaron una novela advirtiendo desde el principio del espectáculo que se trataba de una adaptación radiofónica de una obra de ficción.

Por el contrario, no fue hasta los títulos de crédito finales cuando Jordi Évole comunicó que lo que se estaba emitiendo era una película con formato de un falso reportaje (un recurso, por cierto, cada vez más utilizado en la ficción americana). Aunque tampoco hacía falta ya que el tono delirante del supuesto reportaje evidenciaba la farsa a la que muchos personajes ávidos de cámara y de atención mediática contribuyeron con su participación.

Desde el principio era obvio que un canal propiedad de un empresario ennoblecido por el rey —y favorecido siempre por las decisiones políticas de los distintos gobiernos— no podía acusar al monarca de ser el instigador del golpe de estado, por muchas pruebas que tuviese. Creo que convirtiendo esa teoría en motivo de chanza —y en eso Jordi Évole es un maestro— se contribuye al afianzamiento de la imagen del rey como salvador de la patria. No sé si consciente o inconscientemente, el “Follonero” ha cooperado inestimablemente en esta campaña de relaciones públicas a favor de la corona, mientras él pierde de golpe toda la credibilidad que había ido labrando a lo largo de los años. Y de ese modo, además, se matan dos pájaros de un tiro. Solo me queda una duda terminológica: ¿realmente ha sido una labor de relaciones públicas, o se ha tratado de una acción de ingeniería social? Espero vuestras opiniones.

Periodismo al servicio del poder (I).

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3 pensamientos en “Periodismo al servicio del poder (II)

  1. Pingback: Periodismo al servicio del poder (I) | Wanderer75

  2. Hombre! yo desde que vi a Garci en pantalla no me crei nada de lo que decia, si hasta se descojonaba el tio mientras relataba la historia.
    Los politicos como estan acostumbrados a mentir lo hicieron mas verosimil.
    Considero a Salvados junto con El Objetivo los unicos programas de reportajes de actualidad interesantes.

    Saludos.

    • La verdad es que fue un programa delirante. Pero yo lo cogí empezado, así que durante unos minutos dudé. No sabía si se había hecho una aclaración al principio (como hizo Welles) y cuando me metí en Twitter y leí comentarios de mucha gente relevante que se tragaron la farsa por completo, me planteé la posibilidad de que realmente todo fuese cierto. Al fin y al cabo, siempre se ha dicho que el rey fue el instigador del 23-F. Aunque el tono cada vez era más cómico, así que a medio programa me dije a mí mismo que no podía ser verdad. Si Jordi Évole hubiese sido más comedido, nos podría haber engañado a todos.

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