Dos en la carretera

Parece que una “road movie” tiene que tener por principal protagonista la carretera o el viaje. A través del viaje, los protagonistas van viviendo una serie de experiencias que les van transformando en personas distintas. Es más o menos una estructura líneal, muy cercana a la de los viajes iniciáticos de Homero, que nos muestran a una persona que va de un punto “A” a uno “Z”, pasando por el “B”, el “C”, el “D”,… hasta llegar al “Z”, teniendo en cuenta que la persona que empezó en la “A” no será la misma cuando llegué a la “Z”.
Dos en la carretera – Foto: http://www.imcdb.org

En cambio, “Dos en la carretera no cumple con esta estructura formal porque no estamos viendo una película sobre unas personas a las que el periplo las cambia, si no que lo que esta cinta de Stanley Donen nos ofrece es la crónica de una pareja a través de sus rutas por el sur de Francia. En este caso el viaje no es más que la excusa para que conozcamos su bagaje íntimo, que es una evolución perenne y continua. Así que los protagonistas pasarán primero por la “D”, dirigiéndose luego de la “H”, a la “B”, para hacer el recorrido de la “A” a la “Z”.

Reflexionemos un poco sobre nosotros mismos: ¿cómo recordamos los sucesos más importantes? ¿En una línea cronológica? ¿O, por el contrario, en una serie de escenas muchas veces inconexas que se hilvanan en nuestra mente gracias a nexos secundarios que tal vez no tuviesen gran importancia para el argumento principal de nuestra trayectoria? Así es cómo Stanley Donen narra el itinerario vital del matrimonio formado por el arquitecto Mark Wallace (interpretado por Albert Finney) y su mujer Joanna (encarnada por Audrey Hepburn). A través de un espacio geográfico –el sur de Francia- podemos ir entretejiendo los recuerdos de cinco viajes que la pareja disfruta a lo largo de sus doce años de relación.

Uno de los elementos de transición que nos van dirigiendo de una época a otra, uno de los vínculos de enlace más fuertes, junto con los cambios de look de la sofisticada y elegante Audrey Hepburn, son los coches. Cada período tiene su automóvil. O, en determinados casos, la ausencia del mismo, ya que ambos se conocen cuando hacen autoestop, en el primero de los viajes.

El segundo tour francés se lleva a cabo un par de años después, a modo de luna de miel tardía. El matrimonio sigue sin vehículo. Pero esta vez no tendrán que recurrir al autoestop, ya que una antigua novia de Mark les invita a compartir su coche junto a su familia americana. En este caso, el automóvil no podía ser otro que uno de los elementos que mejor representaban el “american way of life”, el Ford Country Squire ranchera de 1957. Este modelo estadounidense describe a la perfección a la familia propietaria del vehículo. Además, es un buen ejemplo de cómo los grandes narradores utilizan una serie de recursos sutiles que dan mucha información sin palabras. Casi no hace falta que les diga que esta tradicional familia americana está formada por una niña pesada y malcriada, y un marido maniático y cuadriculado que no es la mejor compañía para unos jóvenes recién casados.

Ford Country Squire – Foto: http://www.imcdb.org

En el tercer viaje, el matrimonio ha prosperado algo ya que, por primera vez, se desplazan con un coche propio, un destartalado MG TD de 1950. Un descapotable con encanto para que unos esposos enamorados recorran el idílico sur de Francia. Lamentablemente, el automóvil está tan viejo que terminará por darles un gran disgusto.

MG TD – Foto: http://www.imcdb.org

En la siguiente expedición el marido ya ha obtenido el éxito que tanto anhelaba y disponen de un Mercedes-Benz 230 SL de 1965. Probablemente sea, junto con su antecesor, el Mercedes 300 SL Alas de Gaviota (W198) de 1954, uno de mis cupés clásicos preferidos. Este modelo es la segunda generación, cuya denominación interna es W113. Mantiene unas líneas tan deportivas como las de su antecesor, pero la apertura de las puertas es la tradicional. Su llamativo diseño de techo hizo que algunos lo denominasen “Techo de pagoda”. Aunque quizás sean aún más fascinantes los faros verticales, más grandes que los de la primera generación, lo que proporciona a la parrilla un aspecto más agresivo, como las fauces de una bestia salvaje, en cuyo centro aparece la mítica estrella tan característica de los cupés de Mercedes-Benz.

Mercedes Benz 230 SL – Foto: http://www.imcdb.org

Este modelo siempre ha sido un coche muy exclusivo y distinguido, lo que nos da a entender que el matrimonio ha prosperado mucho. No sólo por el vehículo, si no por la apariencia de ambos, sobretodo la de Audrey Hepburn, que parece en estas secuencias más madura e interesante, ataviada con elegantes vestidos de Givenchy.

Sin embargo, conforme va pasando el tiempo, cuanto más asciende Mark Wallace en su carrera como arquitecto, la vida se complica para este matrimonio que va perdiendo la ilusión. De hecho, en el quinto viaje, en tránsito hacia Roma, parece que apenas se soportan. Incluso se llegan a achacar infidelidades mutuas y desamores. No obstante, a pesar de los problemas de esos doce años de convivencia, quieren seguir juntos porque no pueden vivir el uno sin el otro.

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