Sacarse el carné de conducir

Ahora que empieza este largo puente de Ferragosto -tan retratado por el cine italiano- he creído que puede resultar ameno un cortometraje relacionado con el mundo del motor. Y si hay algo típico del verano —al menos en España— es el aprovechamiento de estos meses de estío para que los jóvenes se saquen el carné de conducir. Por eso he pensado que este corto titulado “El examinador” les va a gustar. Pero antes de verlo, permítanme que les cuente un par de anécdotas propias.
Coches preparados para el examen de conducir - Foto: www.motor.es
Coches preparados para el examen de conducir – Foto: http://www.motor.es

Como casi todo el mundo, yo me saqué el carné de conducir en verano. Y aprobé a la primera tanto el teórico como el práctico. Recuerdo que lo primero que hice, nada más apuntarme a la autoescuela, fue leerme el código de circulación. Mucha gente me decía que no era necesario, que con hacer tests era suficiente. Sin embargo, no entendía muy bien eso de ponerme a contestar preguntas sin tener ni idea de los temas sobre las que versaban. Tras varias semanas, comprobé que era de los pocos de mi autoescuela que había leído varias veces el libro. El resto se dedicaban a repetir tests como tontos, incapaces de entender el contenido de lo que les preguntaban. Al parecer, y pese a que el profesor no dejaba de repetir que el método adecuado era el mío, la gente prefería perder el tiempo durante horas a la puerta de la autoescuela, fumando o tomando cafés.

Tras un mes, cuando el formador comprobó que ya apenas fallaba ninguno de los modelos de exámenes, me pasó a responder tests generados por una computadora prehistórica, una especie de maquinita arcaica incluso para la época (pese a que hace un montón de años de eso, por aquella época ya eran habituales los ordenadores en casi cualquier parte). Básicamente lo que había que hacer era ir respondiendo a las preguntas que lanzaba el ingenio pulsando una serie de botones en función de la contestación que se seleccionase. Si se acertaba, se pasaba a la siguiente pregunta; pero si se fallaba, la máquina lanzaba un pitido muy desagradable. Creo que el sistema estaba pensado para que los que no estaban perfectamente preparados se sintiesen avergonzados y desistiesen de presentarse a la siguiente convocatoria. Algo que no debía entender la chica que estaba a mi lado practicando con otra de esas máquinas, porque no hacía otra cosa que escucharse el dichoso pitidito.

En un momento dado, el profesor se acercó hasta la chica y le dijo:

—¿Crees que mañana deberías presentarte?

—Tengo que hacerlo; no puedo perder más tiempo —respondió ella.

—Pero vas a suspender seguro. Estás fallando un montón de preguntas. Y ya es la tercera vez que te presentas. Como ni siquiera te has dignado a leerte el código…

—Es que me han dicho que es contraproducente.

Evidentemente, la muchacha volvió a suspender. El caso es que yo aprobé y me dediqué a hacer prácticas. Más de las necesarias porque yo quería examinarme antes de que la Jefatura de Tráfico cerrase en el mes de agosto. Pero no me dio tiempo y tuve que esperar a septiembre.

En la prueba práctica, junto con el examinador y el profesor, también venía otro alumno de la autoescuela al que nunca había visto. Según me contó después, estaba estudiando en el extranjero y necesitaba sacarse el carné antes de que empezasen las clases. Yo conduje primero y no lo hice mal del todo. Y después tomó el volante el estudiante de Erasmus.

En un momento dado, decidí que lo mejor era cerrar los ojos y encomendarme a todos los santos. Jamás en mi vida he pasado más miedo que aquel día. A parte de estar a punto de atropellar a un anciano de raza gitana que cruzaba por un paso de peatones y que tuvo que saltar como un gamo para evitarlo, consiguió que un ciclista que circulaba correctamente por el lado derecho de la calzada tuviese que apartarse para no ser embestido en varias ocasiones por mi compañero cuando intentaba adelantarle. Junto a eso, las pérdidas de control del coche eran constantes y era incapaz de aparcar sin golpear a todo lo que tuviese alrededor.

Terminada la prueba, el instructor nos pidió que fuésemos hacia la autoescuela para darnos allí los resultados cuando él terminase. De camino, fuimos charlando, comentando los avatares del examen. Y me resultó curiosa la poca autocrítica del muchacho:

—Pues creo que no lo he hecho mal del todo. Espero aprobar.

Evidentemente, yo no quise desanimarle así que le seguí la corriente. Pero cuando apareció nuestro profesor, lo primero que hizo fue darme la enhorabuena por haber aprobado. Y después se quedó mirando a mi compañero con cara compungida. Tras varios segundos en los que todos fuimos conscientes de lo que acababa de pasar, sin decirle nada comenzó a alejarse. Entonces el alumno le repuso:

—¿Y yo? ¿He aprobado?

—¿Qué preguntas son esas? ¡Pero si has estado a punto de buscarme la ruina!

En aquel momento, cuando el chaval se llevaba las manos a la cabeza lamentándose por el suspenso, decidí marcharme para celebrar mi recién sacado carné de conducir.

 

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5 comentarios sobre “Sacarse el carné de conducir

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  2. Recuerdo que tras sacarme el carné de conducir, unas de mis primeras frases fue la siguiente: “En la autoescuela te enseñan a circular y los cuatro puntos conflictivos de la localidad para que no te pillen en el examen. Aprender a conducir es otra historia bien diferente, y lo haré a base de palos”. No me equivocaba.

    1. Así es, Álvaro. El día que me dieron el carné de conducir cogí el coche y fui consciente de que no sabía nada. Lo triste es que el estado ya no se preocupe más de ti. Solo les interesa que lleves la L. Lo digo por experiencia, porque fui multado por no llevarla. Algo, por cierto, que me ayudó a mejorar mucho mi pericia al volante.

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