Literatura y automóvil

Al igual que una vida podría rastrearse por sus lecturas; lo mismo ocurre con los coches, que son capaces también de reconstruir un itinerario vital de casi todos sus propietarios. Por eso la ficción siempre se ha aprovechado de los automóviles para emplearlos como un recurso literario más. De la relación entre literatura y automóviles disertaron la semana pasada grandes figuras como Bryce Echenique, Vila-Matas, Eduardo Mendoza o James Ellroy, auspiciados por la Fundación Barreiros y la Fundación Mapfre,
Cartel “Literatura y Automóvil” – Foto: http://dondestaeldeposito.blogspot.com.es

Se puede decir que hay dos aspectos bien diferenciados en esta dicotomía literatura-automóvil. Por un lado estarían los libros de viajes –género que a partir del siglo XX es instrumentalizado mayoritariamente por el vehículo-; y por otro la exaltación de la velocidad, de la potencia, de las máquinas poderosas, de las carreras, de la transgresión o la huida. Al fin y al cabo, una gran parte de la existencia transcurre dentro de un coche. Y la literatura no es otra cosa que un reflejo artístico, a veces fiel, a veces distorsionado o idealizado, de la vida misma.

La literatura de viajes existe prácticamente desde que el hombre es capaz de escribir más de dos palabras seguidas. Sin contar con los griegos y los latinos, muchos expertos consideran que la primera obra es el “Libro de Marco Polo”, emblemática crónica del periplo que realizó a China el mercader Marco Polo. En España tenemos elCódice Calixtino, de triste actualidad por el hurto del que fue objeto en la Catedral de Santiago de Compostela el año pasado. Aunque no relate un viaje, sí que se entiende que es una guía del viajero o peregrino por la ruta jacobea, muy similar a los detalles que desglosa el comerciante italiano para todos aquellos que deseen emprender el mismo recorrido.

En lengua castellana, tendríamos primeramente el que escribió Ruy González de Clavijo titulado “Embajada a Tamorlán”, narrando las incidencias de su embajada a Samarcanda, en nombre del rey de Castilla Enrique III. Pero en mi opinión, el libro de viajes por excelencia, el que establece el canon moderno siempre que Homero y su Odisea me lo permitan, sería “Don Quijote de la Mancha”. Básicamente porque los protagonistas, tras vagar de un lugar a otro sufriendo distintas vicisitudes, regresan siendo personas distintas a las que salieron. Y ésa es la clave de un viaje iniciático.

Este género literario gozó de su máximo esplendor en la época de los viajeros románticos del siglo XIX como Victor Hugo o Prosper Mérimée. Aquellos artistas buscaban el exotismo de los clichés más aceptados, lo mismo que aventureros posteriores como Robert Louis Stevenson o Mark Twain parecían moverse más por el ansia de arriesgadas peripecias. Sin embargo, si algo caracterizaba la forma de viajar de todos ellos era la lentitud, la falta de prisa, el sosiego. La importante era el recorrido, la travesía. El destino final parecía ser menos fundamental, ya que significaría que habían alcanzado el epílogo que daría término a la experiencia.

Tuvo que ser la sociedad post-industrial que inventó el automóvil a finales del siglo XIX la que cambiase toda esa perspectiva. Los primeros “temerarios” que se subieron a un vehículo, al igual que los pioneros que unos años antes habían tomado por primera vez un tren, hablaban de las extrañas sensaciones que producía circular tan rápido. De ahí al futurismo de Marinetti que escribía odas a la velocidad tan sólo había un paso. Las máquinas y sus grandes virtudes tales como la velocidad, la rapidez, el movimiento o la energía eran el modelo del nuevo arte. El propio Marinetti establecería en febrero de 1909, en el punto cuarto de su manifiesto futurista, que “el esplendor del mundo se ha enriquecido con una belleza nueva: la belleza de la velocidad. Añadiendo además que un coche de carreras con su capó adornado con grandes tubos parecidos a serpientes de aliento explosivo… un automóvil rugiente que parece que corre sobre la metralla es más bello que la Victoria de Samotracia”. Curioso que tan sólo un año después los fundadores de Rolls-Royce quisiesen que dicha escultura clásica inspirase la estatuilla que coronaría cual mascarón de proa a sus exclusivos modelos.

Alfredo Bryce Echenique, uno de las participantes en las jornadas – Foto: http://laprensalatina.com

Esa mística de la velocidad, del motor rugiendo, del vehículo avanzando con el acelerador pisado a fondo sería la nueva estética que ha imperado desde entonces en la literatura moderna. Narradores fascinados por las carreras de automóviles, por los viajes en coche, por la vida en el interior de un pequeño habitáculo que se desplaza trepidante a gusto del conductor. Aunque en ocasiones, como en “Las uvas de la ira” de John Steinbeck, el viaje no era de placer: era fruto de la Gran Depresión que se había cebado con los desdichados miembros de la familia Joad, obligándoles a emigrar en una destartalada camioneta de Oklahoma a California, huyendo del hambre y la miseria. Como miles de agricultores pobres que habían empleado la totalidad de sus ahorros para adquirir míseras tartanas con las que transitar la “Ruta 66” en busca de su particular quimera de prosperidad.

Una “Ruta 66”, carretera que salía de Chicago y que recorría 3.939 kilómetros hasta llegar a Los Ángeles, se popularizó sobretodo al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Por aquellos tiempos la posesión de un vehículo se había convertido en algo habitual para cualquier clase social. Aquello hizo que muchos americanos sintiesen la necesidad intelectual y vital de conocerse a sí mismos peregrinando a lo largo y ancho de Estados Unidos. Obsesión hipster por vagabundear en sus carrozas motorizadas, como un Dean Moriarty creado por el Kerouac de “En la carretera que quiere disfrutar de la sensación de libertad de viajar por Norteamérica en un automóvil.

Pero volviendo al tema de las jornadas de la semana pasada, se pudo escuchar una disertación de James Elrroy hablando de novela negra y vehículos. No creo que haya una simbiosis más perfecta con los coches que en obras como “L. A. Confidencial” o “La dalia negra”. Pero también se produjo un debate de altura en el Auditorio MAPFRE cuando Enrique Vila-Matas y Eduardo Mendoza reflexionaron sobre los vínculos entre los automóviles y la ficción. Y no debemos olvidar el estupendo relato de Alfredo Bryce Echenique, “La esposa del rey de las curvas”, en el que habló de su infancia y del vehículo que compró su padre (todos tenemos un recuerdo de infancia, de un coche que adquirió nuestro padre y que nos marcó especialmente), similar al del campeón peruano Hernando Alvarado.

Si alguno de los lectores estuvo en las charlas, que nos cuente sus experiencias en los comentarios.

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