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Tras ver un vídeo de un Mercedes SLS AMG Coupé Black Series en Youtube, me he puesto a rememorar mis propias experiencias de conducción en circuito. Si quieren saber lo que siente un piloto, les recomiendo que lean la siguiente evocación de carácter literario.

 

Salgo de la zona de boxes. Por más que intento recordar el trazado del circuito, me encuentro completamente en blanco. Tan solo sé que debo entrar en la pista a la máxima velocidad posible. Tomo la primera curva a unos 100 kilómetros por hora. He intentado ceñirme, pero tengo miedo de subirme encima del piano. La propia inercia me lleva hacia el lado contrario, como si la curva tratase de escupirme. Sin ser consciente de lo que acabo de hacer con el volante, el coche se me ha cruzado un poco y tengo que esforzarme para mantenerlo en la trayectoria. No sé qué marcha llevo engranada y no puedo mirar el cuadro de mandos porque no me atrevo a quitar ni un segundo la mirada de la carretera. Como me indicaron los instructores, trato de mirar a lo lejos, aunque realmente no veo otra cosa que la próxima curva y no sé si es muy cerrada o muy abierta. Empiezo a experimentar la famosa visión de túnel…

Este Mercedes SLS que me han proporcionado para la prueba es complicado de conducir. Hay una primera curva a la derecha bastante fácil de tomar y luego viene otra también a la derecha que parece algo más pronunciada. Tras ella, una pequeña recta muy cortita se me pasa casi en un suspiro. Tengo la sensación de que la calzada se hubiese estrechado, porque ahora la vegetación está muy cerca de mí. Me parece que voy a 190 por hora. No sé si será demasiada velocidad para el tramo. Casi he llegado a la siguiente curva pero por culpa de la espesura no distingo a ver si es muy virada o no. Entro con facilidad. De momento parece que soy capaz de controlar la situación…

Trazado del circuito de Nürburgring - Foto: Wikipedia

Trazado del circuito de Nürburgring – Foto: Wikipedia

Ahora llego a una zona de dos curvas encadenadas. La primera es a la izquierda y parece bastante sencilla. Como la segunda es a la derecha, tendré que iniciar la siguiente trazada en medio de la primera curva. El problema es que voy demasiado fuerte. El automóvil me ha hecho un extraño y he tenido que contravolantear para no perder estabilidad. Tengo la sensación de que estoy girando el volante más de la cuenta. Recuerdo que en la primera vuelta, con un piloto profesional a los mandos, en ningún momento se hizo tanto lío con los brazos como yo. Me estuve fijando en él y no rotó el volante más de un cuarto de vuelta…

Ahora la cosa empieza a ponerse ardua. Tras una curva a izquierdas bastante sencilla se pasa a otra a la derecha y de nuevo a la izquierda. No me queda más remedio que pisar con fuerza el pedal del freno para reducir la velocidad si no quiero salirme de la pista. Seguidamente hay una recta en la que puedo recuperar algo de velocidad; y al fondo, entre altos árboles que proyectan sus sombras sobre el pavimento, parece que hay un giro a la derecha bastante peligroso. No consigo aminorar suficientemente y me subo al piano. La impresión es la misma que montarse encima de una acera

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Intento recuperar la trayectoria, pero juraría que he vuelto a sobrevirar un poco. ¿O tal vez la siguiente curva a la izquierda está muy peraltada? Por eso, cuando culmino la trazada, el vehículo sale mejor situado, en una postura más cómoda. Enfilo la larga recta con algo más de confianza. Acelero todo lo que puedo e, incluso, recuerdo que tengo las levas en el volante y optó por aumentar una marcha más. Hay una suave curva a la derecha y otra recta en la que puedo ponerme a 220 kilómetros por hora. Entonces tengo que frenar ligeramente porque estoy llegando a un gran bache justo antes de un cambio de rasante. Tengo la sensación de que, pese a la rígida suspensión, el coche saldrá volando. Se me sube el estómago a la garganta. Aprieto las manos contra el volante y rezo para no salir volando. Menos mal que el Mercedes SLS es una máquina perfecta construida para este tipo de recorridos y se pega a la carretera como una lapa. A continuación viene una curva bastante cerrada y voy demasiado fuerte. No me atrevo a comprobar el velocímetro, pero calculo que circularé a unos 170 kilómetros hora. Clavo el freno a media trazada e intento aproximarme al piano con miedo a salirme de la pista. Por el rabillo del ojo puedo ver que las vallas metálicas que delimitan el circuito están muy pegadas a la calzada. Se me erizan los pelos del cogote y pienso que es fácil estrellarse contra ellas. Al terminar la curva, la inercia me empuja hacia el lado izquierdo de la pista. Acelero un poquito, pero enseguida tengo que volver a frenar porque, si no recuerdo mal, delante tengo un par de curvas entrelazadas. Sin embargo, puedo estar confundido porque he perdido todo tipo de referencias y no sé ni el tiempo que llevo conduciendo, ni si estoy a punto de terminar mi prueba

Curva espectacular en el circuito de Nürburgring - Foto: http://cdn.caradvice.com.au/

Curva espectacular en el circuito de Nürburgring – Foto: http://cdn.caradvice.com.au/

Estoy en una zona de pequeñas curvas fáciles de trazar, entremezcladas con tramos rectos en los que puedo acelerar. De nuevo alcanzo los 220 kilómetros hora. Sin embargo, aunque esta parte del recorrido es asequible, los continuos cambios de rasante y socavones hacen que no las tenga todas conmigo. La pista empieza a ascender y al llegar arriba compruebo que voy a 250 kilómetros por hora. Tengo ya casi encima una curva a la izquierda que no parece muy complicada. Doy un par de toques al pedal del freno. Puedo ceñirme a la curva con suavidad, sin montarme sobre los pianos. Parece que empiezo a cogerle el tranquillo a esto y me acomodo por primera vez…

Freno contundentemente antes de entrar en una curva muy cerrada a la derecha con un buen peralte que me ayudará a mantener el vehículo en su trayectoria. Al fondo, una vez trazada la curva, veo la pasarela de Yokohama. Paso por debajo y acelero con los árboles cada vez más pegados a la carretera. Hay zonas en las que el piso está en mal estado, cubierto de parches. He alcanzado los 200 kilómetros por hora. Al fondo, varias curvas se aproximan en un descenso de esos que producen cosquillas en el estómago. La rampita aumenta mi velocidad hasta los 250 por hora. La suspensión tiene que trabajar a fondo al llegar a una zona en la que la pista se vuelve a tornar ascendente, con una curva a la izquierda casi oculta por la vegetación. Me he juntado demasiado al piano una vez más y he notado que las suspensiones crujían. Ahora entiendo porque hay tantos turismos de calle que rompen sus mecánicas en este Nordschleife, el Grüne Hölle (Infierno Verde) que diría Jackie Stewart. En esta parte, el asfalto se presenta lleno de pintadas, como en las carreras ciclistas. Pero no soy capaz de fijarme en ninguna de ellas, tan solo percibo signos incomprensibles que me voy tragando a toda velocidad. Entro en dos curvas —la primera a la derecha y la segunda a la izquierda— bastante más complicadas de lo que esperaba. Clavo los frenos en la primera de ellas. Impacto contra el piano. El vehículo derrapa y contravolanteo dejándome llevar por mi intuición. Advierto claramente el lamento del caucho chirriando en el asfalto…

No sé si estoy reaccionando correctamente. Como el control de estabilidad está desconectado, probablemente si freno con brusquedad la posibilidad de derrapar aumente. ¿O era al revés? Voy demasiado rápido para esa curva. Parece que el Mercedes SLS tuviera vida propia. La inercia me lanza contra el piano, me subo encima y piso el freno. Cuando recupero el control, presiono un poco el acelerador y me proyecto contra el piano contrario involuntariamente, como si estuviese dentro de una centrifugadora. Estoy circulando sobre una superficie de adoquines. Diría, incluso, que las dos ruedas de la banda izquierda se encuentran sobre la hierba aneja al adoquinado. Me parece que me voy a estrellar contra la valla metálica…

Maleza y pintadas en el circuito - Foto: http://image.modified.com/

Maleza y pintadas en el circuito – Foto: http://image.modified.com/

Al final me salvo in extremis y consigo meter el coche de nuevo en la pista. Tras una recta algo más cómoda, vuelvo a encontrarme una curva a la izquierda que parece más difícil. Freno más de la cuenta; pero al entrar observo que se puede trazar bastante bien y opto por dar un poco más de gas. Pero luego viene una curva a la izquierda muy cerrada y cuesta arriba que me obliga a aminorar para no salirme. Las ruedas vuelven a rechinar; debo estar derrapando. A continuación se abre un giro a la derecha muy revirado. Lo tomo bien. Comienza un descenso rematado en una curva muy cerrada. En mitad del viraje detecto que voy muy pasado y tengo que frenar. No me queda más remedio que volver a contravolantear para que el vehículo siga la trayectoria que deseo. ¿Cómo era eso que dijo Walter Röhrl de que subvirar es cuando ves el árbol contra el que te vas a estrellar; y sobrevirar es cuando solo lo escuchas?  Pese a mi falta de pericia, mi intuición no me engaña y consigo salir sin chocar contra nada…

Ahora vienen varias curvas entre rectas muy estrechas en las que la sensación de velocidad es mucho mayor. Llego a una parte en la que hay un cartel justo al inicio de la curva. Sin embargo, no he podido ver lo que indicaba. Como si una fuerza desconocida me obligase a correr al máximo, me interno en una curva que se me empacha. Y las siguientes no son más asequibles. De nuevo vuelvo a invadir la zona de césped. Debo estar sudoroso y mi corazón late a un ritmo casi tan vertiginoso como los pistones y las bielas del SLS. Estoy completamente desorientado. No sé en qué parte del recorrido me encuentro. A lo lejos, entre la espesura, puedo ver unas casas con tejados de pizarra que no me suenan de nada. ¿Será que me he equivocado de ruta? En Nürburgring se utilizan distintos trazados y configuraciones en función de las necesidades. Pero no he visto en ninguna parte ni desvíos ni bifurcaciones. Cansado de subidas y bajadas, en medio de una curva, enfilo de nuevo una cuesta bastante pronunciada. Da la impresión de que estuviese subiendo por las rampas de un tobogán o de una carretera de montaña…

Arriba hay una zona bastante recta en la que puedo alcanzar de nuevo los 200 kilómetros por hora, circulando entre los árboles que pasan a mi lado a toda velocidad. Comienza la bajada y al fondo una curva parece esconderse entre la vegetación. Me preparo para lo que me pueda encontrar porque he pasado por un nuevo cartel que no he podido leer. Vuelvo a virar a la derecha pero esta vez he entrado a la velocidad adecuada y consigo gestionar la trazada con mayor suavidad. Voy bajando lanzado aquel frondoso montecillo. Prácticamente no hay escapatorias en caso de salir despedido de la pista. Se me viene a la mente el accidente de Nikki Lauda y me digo, sin tener la menor idea, que es un circuito demasiado peligroso para las velocidades que alcanza un Fórmula Uno. Lo más positivo es que esta zona dispone de un mejor asfaltado, más uniforme y nuevo; y las curvas, salvo algunas excepciones, son más fáciles de tomar. O tal vez estoy aprendiendo de mis errores y me fío más de mis capacidades. Entonces aparece otra curva de esas tan cerradas que parece que se conduce encima del caparazón de un caracol. He vuelto a entrar en un zona llena de pintadas y con más socavones. El Mercedes vuelve a brincar haciendo que se sientan otra vez los chasquidos de la suspensión. No quiero ni imaginarme lo que harán al final los departamentos comerciales con estas unidades tan maltratadas…

Mercedes SLS AMG Black Series - Foto: http://tuningcult.com

Mercedes SLS AMG Black Series – Foto: http://tuningcult.com

Tengo que frenar súbitamente porque de improviso me he encontrado con una de las curvas más impresionantes de mi vida. Se diría que está adoquinada, o al menos parece pavimentada por una mezcla de asfalto y adoquines. ¿O será de cemento? Pero lo más impactante es el enorme peralte al estilo de los antiguos circuitos ovalados que estuvieron tan de moda hace un siglo. Voy a 60 por hora. Al terminar esa curva, el vértigo se me agarra en el estómago al recuperar el plano horizontal en una especie de incómodo badén lateral. Inmediatamente después, una curva a la derecha me obliga de nuevo a concentrarme en la siguiente trazada. Tras eso, paso de 60 a 190 kilómetros por hora en un enorme acelerón acompañado del rugido sordo del SLS. Me quedo pegado al asiento y empiezo a cogerle el gusto a este test drive. Tengo miedo de llegar a la meta y de que esto se acabe. No obstante, la agradable percepción se torna desagradable cuando llego a un tramo de varias curvas entrelazadas. De nuevo me vuelvo a aturullar. Consigo controlar el derrape con facilidad y me digo a mi mismo que tal vez sea mejor bajar un poco el pistón para disfrutar de la experiencia. Sin embargo, ya no puedo pensar con claridad porque no veo más que una aparente sucesión infinita de curvas. Voy de un lado al otro, golpeando contra los pianos

Cuando llego a la gran curva a la izquierda, estoy seguro que en ese momento me estrellaré contra la valla. Sin embargo, una vez más consigo controlar la situación. Tengo la impresión de que ahora estoy circulando por una parte por la que ya he pasado antes. Sin embargo, si hubiese vuelto a franquear la pasarela de Yokohama —el único punto de referencia que reconozco— me habría dado cuenta. Ha salido el sol y los rayos filtrados entre los árboles me dan directamente en los ojos dejándome cegado por unos instantes. Conduzco a 220 kilómetros hora hasta que decido levantar un poco el pie en previsión del próximo viraje que ya puedo entrever a lo lejos. Entonces caigo en la cuenta de que el coche tiene levas. Me cuesta un poco encontrarlas detrás del volante hasta que doy con la palanquita que me permite reducir dos marchas. Sin embargo, lo más cómodo sería haber seleccionado la posición automática, como me indicaron al iniciar la prueba

Un nuevo bache, una nueva rampa hacia arriba, antes de que la pista gire a la izquierda. Entro en la curva como puedo, como Dios me da a entender. Aquí de muy poco sirven los briefings previos, las charlas, los consejos de los profesionales, la primera vuelta de reconocimiento. Vuelvo a sentir el vacío en mi estómago al ver cómo, tras una suave curva a la izquierda, la carretera se deja caer hacia una rampa muy pronunciada tras la cual se abre una nueva curva a la derecha. Tal vez me encuentre en la zona de Karusell o de Brünnchen, pero la verdad es que todo me parece igual y no hay nada que me sirva para identificar una parte concreta del circuito. Tomo la curva a más de 200 por hora y de nuevo vuelvo a sentir como el deportivo se descontrola sin que yo pueda hacer mucho…

El cielo se ha vuelto a abrir y el sol brilla sobre el asfalto provocándome un nuevo deslumbramiento momentáneo. La siguiente curva a la derecha es más cerrada de lo que me parecía desde lejos. Para evitar un nuevo patinazo, reacciono contravolanteando a la vez que piso un poquito el freno. Tengo la impresión de que tarde o temprano un error me terminará sacando de la pista. Estoy derrapando, lo que provoca que acometa el siguiente viraje a la izquierda bastante cruzado. Me vuelvo a embarullar con el volante y me deslizo contra el piano. Notó un golpe, reboto, me subo encima del piano opuesto, piso adoquines y hierba, y de nuevo vuelvo a barruntar la helada caricia de una valla de acero demasiado cerca de mi coche. Una valla vista de reojo que pasa a tal velocidad que parece como si una mancha alargada de color gris estuviese pintada sobre el verde del follaje…

Gracias a una larga recta en la que puedo acelerar sin problemas, me dejo llevar por la sensación de euforia que me produce la adrenalina que se propaga por mi cuerpo acompasada con el bramido del motor. Al final de ese tramo, vuelvo a negociar una curva a izquierdas demasiado pasado pero consigo dominar el automóvil en dirección hacia otra curva grande y amplia que describo sin problemas a unos 190 kilómetros por hora. La potente inercia me manda a un lado de la pista en el que no hay pianos. Es una recta larga. Al fondo me parece atisbar algún tipo de objeto borroso. Acelero al máximo. A casi 250 kilómetros por hora paso por debajo de una pancarta de Audi. La recta se prolonga casi hasta el infinito. Al fondo comienza a ascender de nuevo. Piso el acelerador con toda mi alma. Por fin puedo fijarme en el velocímetro durante un tiempo suficiente para ver cómo va subiendo lentamente: 260, 270, 280, 290 kilómetros por hora,… Enfilo el ascendente cambio de rasante con miedo de lo que me pueda encontrar allá arriba. Todavía más allá me parece distinguir una nueva pancarta. Mi intención es alcanzar los 300 kilómetros por hora

Acabo de atravesar la pasarela de Bilstein. No estoy del todo seguro si ese es el punto final del circuito. Aunque a 300 kilómetros por hora no se tiene mucho tiempo para pensar. Clavo los frenos porque, tras una curvita a la izquierda, veo que el piso vuelve a presentarse excesivamente irregular, con varios baches destacables. Con mucha más confianza, penetro algo más rápido de lo que debería en una nueva zona dominada por una serie de pequeñas curvas entretejidas. Al final de ese pequeño sector, diviso los quitamiedos rojiblancos y clavo los frenos para aminorar mi velocidad hasta los 100 kilómetros hora. Como he girado demasiado el volante, me monto sobre el piano y trazo por medio del césped. El problema es que hay una nueva curva a la izquierda y si no consigo meterme en ella me estrellaré contra la bionda que la circunscribe. Con un volantazo, me lanzo al piano opuesto y tengo que rectificar en mitad de la curva para no estrellarme contra el guardarraíl. En ese momento, un grupo de personas me hacen gestos desde un lateral señalándome la entrada de boxes. Mi corazón late por lo menos a doscientas pulsaciones y necesito realizar algunos ejercicios respiratorios para poder relajarme. Cuando paro, no puedo hacer otra cosa que sonreír como un tonto. Tengo la impresión de que la prueba se ha pasado volando, pero compruebo en el ordenador de a bordo que llevo conduciendo a toda velocidad cerca de ocho minutos. Dejo el coche arrancado para que se pueda montar el siguiente y creo que me tiemblan tanto las piernas que voy a desfallecer. Estoy satisfecho. Me siento débil. Necesito sentarme un momento sobre el asfalto para recuperar el aliento. Acabo de vivir una experiencia difícil de olvidar.

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6 pensamientos en “Conducción en el circuito de Nürburgring

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